Máquinas de globos, La Caverna y Leonard Cohen



En "La Caverna" José Saramago nos cuenta la lucha de un alfarero por mantener su tradicional forma de trabajar frente a la competencia de un centro comercial y sus "en serie" y baratas vasijas plástico.
Pienso en esta historia ahora que estoy, precisamente, en la cafetería de uno de esos lugares tomando un café y veo a unos metros como un niño le pide a su padre que le compre un globo en una máquina. La historia es bien sencilla: el padre mete el par de euros de rigor y la máquina, parecida a una tragaperras de siempre, le da opción de elegir el diseño del globo. Una vez seleccionado el color y la forma, el globo aparece por una ranura, se hincha como por arte de magia en menos de cinco segundos y el crio se va tan feliz con el globo atado a una mano.
Pienso también que los payasos emanan, aunque no quieran, una extraña tristeza, pero que preferiría que en vez de una máquina, fuera un tipo vestido de payaso quien le vendiera el globo al chaval.
Saramago, las vasijas y los globos, me llevan a pensar en canciones, concretamente, en varios de los primeros temas que publicó el cantautor canadiense Leonard Cohen. Suelo escuchar a Cohen cuando estoy jodido. Ahí es donde su voz me arrastra de una tristeza difusa hasta la melancolía afilada que duele pero que a la vez engancha. Es su voz, si, pero también su guitarra agotada y muda a ratos, su magia innata de artesano de la canción, incluso sus errores de interpretación y ese sonido lejano y sucio de las grabaciones de la época.
Cohen, al igual que el protagonista de "La caverna", ha peleado durante décadas por mantener visibles sus "pequeñas" canciones entre tantas "vasijas de plástico". Está claro que el cantautor ha ganado su particular batalla.  Por desgracia, el payaso de los globos no tuvo tanta suerte.